YÖNETİŞiMİN AKTÖRLERİ
ÜÇÜNCÜ BÖLÜM
3.1. TÜRKĠYE’DE YEREL YÖNETĠMLER
3.1.2. Belediye Yönetimleri
Julio Valdivieso, a figura que todos postulam no romance como a verdadeira testemunha, antes de concluir sua graduação na UNAM em meados dos anos 70, teve que fazer estágio para ter direito a apresentar sua monografia de conclusão de curso. Esse estágio ocorreu na UAM – campus de Iztapalapa, localizado num bairro de periferia, cujo crescimento se deveu, principalmente, à chegada da população oriunda do interior do país em busca de emprego. Ele acaba se instalando, então, nesse local, um bairro sem asfalto, sem saneamento básico, de extrema pobreza e violência:
En la curva del Cerro de la Estrella veía tendajones con objetos para baños —una larga hilera de excusados y lavabos donde los perros callejeros se refugiaban de las tolvaneras—; nada podía ser lógico en esa región donde los artículos de baño se exponían junto a la avenida, como si se compraran por una repentina inspiración de los automovilistas. En un terreno tan accidentado casi nada podía ser delito. La universidad estaba rodeada por la cárcel de mujeres, un vasto tiradero de basura y un convento perdido. Iztapalapa conformaba una periferia extrema, un suburbio libre y asociado que se sometía a otras leyes, todas modificables. En el Cerro de la Estrella los aztecas encendían el fuego nuevo cuando comprobaban que se acababa el año sin que se acabara el mundo. Un sitio castigado y duro que fomentaba ritos de supervivencia. Pionero de
esa tierra baldía, entre mujeres presas, basura y monjas vicentinas, Julio podía forjarse una ley a su medida. (VILLORO, 2004a, p. 70)
A atmosfera presente nesse bairro, descrito no romance como uma paisagem do apocalipse, parece contribuir para uma ação muito importante perpetrada pelo protagonista, o roubo da tese, uma vez que, enquanto Valdivieso sonha com a Europa, observa um cachorro leproso lamber suas feridas:
Julio acariciaba el sobre con la aceptación condicionada de la Universidad de Florencia (sus dedos disfrutaban el magnífico papel rugoso), cuando se detuvo en la explanada de la UAM, ante el pequeño edificio de Rectoría, para ver a un perro de pelambre color cerveza. Su lengua morada lamía las costras y las llagas que le moteaban el cuerpo; sus ojos, de una depresión sin fondo, aguardaban que alguien tuviera la misericordia de sacrificarlo. El cielo se cubría de humo negro, procedente de las quemas de los basureros. Julio se propuso no olvidar ese momento. Pasara lo que pasara, fuera donde fuera, sería el que estudió en esa lejana orilla. Nada lo curaría de esa miseria. Aunque lograra escapar se llevaría consigo el dolor y la inmundicia. Le sirvió mucho atesorar ese momento. Había sufrido lo suficiente para merecer una compensación. (VILLORO, 2004a, p. 71)
Cabe destacar que, segundo Lois Parkinson Zamora, desde que foi estabelecido como gênero literário, por volta do século I a.C: “[...] el apocalipsis ha ejercido una fascinación especial sobre los artistas por sus notables imágenes y su poderosa poesía.” (ZAMORA, p.11, 1989) O Apocalipse de São João, a última palavra de Deus, desde a Idade Média, tem inspirado, então, obras literárias e plásticas.
No entanto, como relata Mihaly Dés em seu artigo sobre “Juan Villoro, Paisaje del post-apocalipsis” (2005), desde os primeiros romances e em muitos de seus contos, Villoro revela:
un paisaje desolador en proceso de descomposición, un horizonte que se podría calificar de apocalíptico si no fuera porque el autor señalase que “una de las características centrales de la vida en México no es tanto el Apocalipsis, sino la noción de Post-Apocalipsis. La mayoría de los mexicanos, especialmente el la ciudad de México, se sienten más allá de la tragedia. Son el resultado de algo que ya
ocurrió, un cataclismo impreciso que no podemos ver, pero no es el anuncio de algo que va a suceder”. (DÉS, 2005, p. 5)
Aproveitando esse contexto, o influente cronista e ensaísta Carlos Monsiváis, com a liberdade que seu trabalho permite, em sua obra Los rituales del caos (1995) denominou “México, ciudad post-apocalíptica” (MONSIVÁIS, 1995, p. 21, grifo do autor). Na certeira paráfrase das ideias de Monsiváis, Juan Villoro em entrevista cedida ao escritor venezuelano Alberto Barrera Tyszka (2010) e em seu ensaio “El vértigo horizontal. La ciudad como texto” (2002a) afirma:
¿Qué distingue al D.F. de otros océanos? Nada lo define mejor que la noción de postapocalipsis, a la que se ha referido Carlos Monsiváis. Entre el vapor de los tamales y los gritos de los vendedores ambulantes, se cierne la certeza de que ningún daño es para nosotros. Nuestra mejor forma de combatir el drama consiste en replegarlo a un pasado en el que ya ocurrió. Este peculiar engaño colectivo permite pensar que estamos más allá del apocalipsis: somos el resultado y no la causa de los males. Los signos de peligro nos rodean pero no son para nosotros porque ya sobrevivimos de milagro. Imposible rastrear la radiación nuclear, el seísmo (sismo/ terremoto) de diez grados o la epidemia que nos dejó así. Lo decisivo es que estamos del otro lado de la desgracia. Diferir la tragedia hacia un impreciso pasado es nuestra habitual terapia. De ahí la vitalidad de un sitio amenazado, que desafía a la razón y a la ecología. (VILLORO, 2002a, p. 4)
Essa ideia, como menciona Villoro na entrevista à Barrera Tyszka (2010), é de que os mexicanos, principalmente da Cidade do México: “estamos más allá de la tragedia, no somos la causa sino el resultado de una catástrofe, no es que estemos viéndolo los signos de algo que va a venir, sino que ya somos nosotros el saldo del que pasó” (VILLORO apud BARRERA TYSZKA, 2010).
Deste modo, o México apresentado desde as primeiras páginas de El testigo quando da volta do protagonista parece o mesmo de sempre, uma vez que o narrador expressa a sensação de nunca ter saído do país, pois tudo permanece da mesma maneira, ou ainda pior. No campo, nota-se a acentuada desigualdade social, a falta de água, de trabalho, de escolas e de perspectiva, impulsionando o êxodo
para outras cidades do país e para os Estados Unidos. O interior apresenta uma imagem muito próxima à da capa de 2666 (2004) de Roberto Bolaño (anexo V), numa visão sufocante, inóspita e quase sem vida, pois o que mais abundante aparece por lá, além da poeira, são: “lagartijas, la plaga que prosperaba en todos los rincones”. (VILLORO, 2004a, p. 414) Já na cidade, a visão do apocalipse se concretiza através da violência sofrida por Valdivieso ao ser atacado, espancado e roubado por um grupo de meninos de rua, numa região repleta de sujeira, mendigos, vendedores ambulantes e cuspidores de fogo.
Valdivieso exerce nesse espaço, em meados dos anos 70, a função de estagiário e, enquanto pensa na fuga com sua prima Nieves, tenta escrever uma monografia capaz de fazer frente às expectativas de seus professores e amigos. É nesse cenário, catalogando teses e dissertações, que acaba encontrando a tese de um uruguaio (que no romance não tem nome), intitulada Máquinas solteras en la poesía mexicana. La generación de Contemporáneos. Esse título é uma clara homenagem de Villoro ao escritor catalão Enrique Vila-Matas, em referência a sua obra Historia abreviada de la literatura portátil (1985), no qual, “máquinas solteiras” são os artistas vanguardistas da década de 20.
Desde o título do primeiro capítulo, “Los guajolotes”, que remete à frase emblemática com que se encerra o 2º Manifiesto Estridentista, de 1923, Villoro menciona com frequência as vanguardas mexicanas dos anos 20 e 30: Estridentistas versus Contemporáneos. Ao longo do romance, ele recupera também outras vanguardas latino-americanas, como El techo de Ballena, Mandrágora e Nadaísmo, através do personagem Ramón Centollo. É possível afirmar que com a recuperação dessas vanguardas históricas e a figura de Ramón López Velarde, poeta cuja obra, além de patriótica, aborda temas do interior camponês e da religião,
Villoro traz à discussão as gerações imediatamente posteriores ao processo revolucionário, momento em que as estruturas do país, no que tange aos aspectos econômicos, políticos, culturais e artísticos, estavam por ser construídas:
Se preguntó qué hubiera pasado con López Velarde en caso de llegar a la vejez. También él fue un católico maderista, un liberal, pero no vio el país roto; la revuelta revolucionaria «subvirtió» su provinciano edén sin mancillarlo del todo. Compartía el afán de cambio, la necesidad de aire fresco; al mismo tiempo, repudiaba la barbarie, la cuota de sangre de la Revolución, y estaba arraigado a tradiciones a punto de desaparecer. Su alma dividida lo volvió atractivo para bandos irreconciliables. ¿Cómo hubieran coexistido esas contradicciones en los años que no llegó a vivir? La pregunta era inútil y retórica, pero señalaba la trágica oportunidad de esa muerte. (VILLORO, 2004a, p. 235)
Essa tríade que converge na obra desse poeta de Zacatecas é explicada assim no romance de Villoro:
El poeta expiró antes de que la realidad lo forzara a simplificar su espíritu escindido. En caso de buscar reducciones, Julio admitía mejor la idea de un colorista de las esencias nacionales que la de un beato o un místico. Pero ¿cómo habría tomado López Velarde la guerra cristera, ese copioso derrame de «sangre devota», los pueblos arrasados, los graneros quemados, la tribu de David en su martirio pueblerino, abandonada por todos los poderes? ¿De qué modo lo habría tocado esa gigantesca oración fúnebre? Ramón López Velarde murió con su futuro intacto. Imposible saber cómo se habría movido en el país despedazado que vino después. La fractura, la vida rota había sido de sus lectores. (VILLORO, 2004a, p. 236)
Não é por acaso que Villoro escolhe esse período, momento importante para a reconstrução do país, com a criação de escolas, universidades e as bases de uma nova Constituição, para cenário de El testigo.
O protagonista acaba guardando a tese na mochila e, depois de lida, percebe o notável trabalho, decidindo plagiá-la. No entanto, nesse campus havia um professor uruguaio, Claudio Gaetano que ministrava a disciplina de História.
Valdivieso o encontra por acaso, numa cena importante para compreender a reflexão sobre a testemunha:
En una mesa vio a Claudio Gaetano, su profesor de historia. A pesar de haber sufrido cárcel y tortura en Uruguay, Gaetano era un hombre fuerte y optimista. […] Sí, conocía al tipo [o autor da tese], había sido su alumno en Montevideo. Un fenómeno. Todos lo adoraban, principalmente las chicas. Los militares lo habían matado, hacía ya unos cuatro años. Gaetano habló con la sobriedad con la que se refería a los horrores que tanto conocía, sin alardes sentimentales ni frases vengativas. Su discreción y su reticencia hacían que sus palabras secas fueran más estremecedoras. En este caso, lo único que delataba un cambio de tono era la mano detenida en la raqueta. […] Alguien —la madre, una novia, una mano devota— había querido que esa voz tuviera un eco final, un exilio póstumo en el país al que sólo había viajado por sus letras. […]Julio vio el rostro de Gaetano, las canas ensortijadas en las sienes, su saludable piel de tenista, la sonrisa cómplice, el aplomo con que mostraba que el espanto se supera. Enseñaba historia, con humor y datos precisos, convencido de que hay verdades mínimas y duraderas. En el suburbio libre y asociado de Iztapalapa los planes de estudio se improvisaban tanto como los caminos de tierra para acceder a la universidad. (VILLORO, 2004a, p. 71)
Nesse trecho, observa-se a fragilidade do lugar da testemunha, pois ir até o final significa ser a verdadeira testemunha, e ser a verdadeira testemunha significa não falar, ou seja, condenar o testemunho ao silêncio ou “permitir” que outros falem em seu lugar, ou seja, desmonumentalizar:
El curso de Historia Contemporánea de Gaetano se cruzó en la carrera de Letras Hispánicas de Julio. Julio adquirió ahí un inolvidable acervo circunstancial. Nunca sabría qué hacer con datos como el impuesto del azúcar o las cafeteras que cambiaron la historia, pero recordaría esa aula como se recuerda un dibujo que resume una moral. No sólo estuvo ante el perro agónico en Rectoría. También estuvo en un curso donde las pequeñeces, los objetos secundarios y laterales, se discutieron con la certeza de que eso integra un orden, el reverso de un tapiz. Sin aspavientos, del todo ajeno a la grandilocuencia, Gaetano resistía. En la mesa, el profesor habló con la voz serena con que demostraba la caída de un imperio a través de la sorprendente combinación de muchas minucias. Alguien había muerto para que Julio viviera. (VILLORO, 2004a, p. 72)
Em meio a esse cenário complexo, encontra-se Gaetano, com sua postura forte diante da barbárie. Essa figura, por si só, já estabelece a tensão entre
intelectual-testemunha, mas as virtudes do uruguaio morto, autor da tese, contribuem ainda mais para essa significação:
El uruguayo había tenido dificultades para acceder al material. En un prólogo narrativo, quizá demasiado victimista, se quejaba de lo difícil que resultaba encontrar a los clásicos vivos del idioma. Montevideo era una metáfora de la incomunicación, una playa en un río sin orillas, una balsa loca, a la deriva. Sin embargo, a pesar de sus lecturas insuficientes, arrinconadas, casi defensivas, el autor trabajaba con solvencia al «grupo sin grupo». Por momentos adjetivaba sin control, como si su prosa incluyera a un novelista suprimido que se sublevaba en giros de irritación o hartazgo. Los miembros de Contemporáneos eran bautizados con atributos homéricos, como personajes de una gesta rabiosa. Uno aparecía como «el del hígado de lumbre», otro como «el sin cejas», otro más como «el que escribía con un solo ojo». Un afluente central de esa geografía era Ramón López Velarde, a quien el uruguayo dedicaba un capítulo notable. Ahí estaba lo que Julio Valdivieso quería decir. Con modismos y arrebatos estilísticos ajenos a él, pero expresado con una nitidez de la que se sabía incapaz. Al terminar la lectura se vio al espejo. Al filo de la barba —menos guevarista de lo que anhelaba— despuntaba un barro. Le pareció un símbolo de sus desvelos y lo oprimió hasta hacerse sangre. (VILLORO, 2004a, p.69)
Cabe destacar também que, como menciona Gaetano, seu ex-aluno uruguaio morrera torturado pelos militares quatro anos antes, ou seja, antes do período da ditadura no Uruguai (1973-1985). No entanto, em meados dos anos 60 e princípios de 70, uma organização de guerrilha urbana, sob o título Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T) havia surgido naquele país. Os Tupamaros, como ficaram conhecidos, começaram com assaltos a banco e clubes de armas, distribuindo comida e dinheiro roubados aos pobres de Montevidéu, envolvendo-se, já nos anos finais de 60, com sequestros políticos. Com relação a sua forma de organização, observa-se que:
era clandestina pero sus integrantes en su mayor parte eran personas legales. Ante el intenso accionar de la organización el gobierno, con el apoyo del Parlamento decretó el Estado de Guerra Interno. Junto con esta medida se unificaron las fuerzas represivas. La Policía, que era la que tenía a su cargo la represión, había sido desbordada. Ahora con las fuerzas conjuntas (el Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea) se integraban a la represión con amplios poderes. Se aplicó la tortura generalizada como medio de obtener información.
Hubo graves violaciones a los derechos humanos […]. La compartimentación debía mantener a la Organización dividida en compartimientos herméticos separados, de modo que si la represión destruía una parte, las otras no quedaban afectadas. (MARENALES, 1997, p.5)
Cabe destacar que esse grupo de guerrilha urbana, apesar de ter praticado algumas ações violentas, não entrou para a história com esse estigma, fato que ocorreu com o grupo armado ALN (Ação Libertadora Nacional), liderada pelo político, guerrilheiro e poeta brasileiro Carlos Marighella, por suas ações contra a ditadura militar no Brasil. Os Tupamaros, por outro lado, não defendiam o uso da violência, mas foram desarticulados de forma violenta nos anos 70:
No hubo tiempo de desarrollar en la nueva militancia la actitud, que es lo esencial en la compartimentación, el no querer saber más de lo necesario para funcionar. Con la aplicación generalizada de la tortura, la represión pudo lograr elementos informativos suficientes como para desarticular al MLN. No fueron apresados todos los integrantes y colaboradores pero sí una cantidad tal que el conjunto perdió toda capacidad operativa. La mayor parte de los dirigentes de los distintos niveles fueron apresados o muertos, y se perdió la capacidad de regeneración, pues acto seguido de la derrota se instauró la dictadura militar, que barrió con el conjunto del movimiento popular, partidos políticos de izquierda, sindicatos, etcétera. Muchos militantes y simpatizantes del MLN pudieron irse al exilio, contribuyeron de manera importante a la solidaridad, pero no lograron reorganizar al MLN. (MARENALES, 1997, p.6)
Logo após a desarticulação desse grupo, instalou-se a ditadura militar no Uruguai. Foi um período, sangrento com prisões em massa e “desaparecimentos”, com muitos guerrilheiros tendo sido presos ou mortos. Pode-se constatar que muitos jovens haviam tido, através da guerrilha, uma participação efetiva nos confrontos contra os militares.
Ao mencionar Che Guevara, um intelectual que, juntamente com Regis Debray havia desenvolvido a teoria revolucionária conhecida como foquismo ou guerra de guerrilla, Villoro traz à tona um tema que estava em discussão ao longo dos anos 60 e 70, a possibilidade ou não de se fazer uma Revolução pacífica.
Certamente, o uruguaio havia marcado seu lugar de enunciação através da tese engajada, com inclinações esquerdistas, e, por isso mesmo, havia sido morto. Esse fato pode ser constatado na fala de Valdivieso: “Al terminar la lectura se vio al espejo. Al filo de la barba —menos guevarista de lo que anhelaba” (VILLORO, 2004a, p. 69). Em outras palavra, pode-se concluir claramente que é uma tese de esquerda.
É, portanto, a figura do uruguaio que permite estabelecer uma relação entre ele, Valdivieso, Gaetano e os demais personagens do romance, que são, em sentido gramsciano, intelectuais: “não só aquelas camadas comumente compreendidas nesta denominação [os letrados ou elites políticas], mas, em geral, todo o estrato social que exerce funções organizativas em sentido lato, seja no campo da produção, da cultura ou no aspecto político-administrativo” (GRAMSCI apud MARTINS & NEVES, pp. 27 – 28), e não testemunhas, já que são produtores de discurso e estão atrelados a uma institucionalidade ou grupo de poder. É nesse sentido que o romance apresenta um questionamento a respeito das relações entre os intelectuais e o poder, não explicitamente, ainda que esse fato seja apresentado pela sua ausência - como já adverte de maneira velada a capa do romance (anexo IV). Desta forma, acredita-se pelos diversos indícios levantados ao longo deste trabalho que o título do romance possa ser O intelectual e que A testemunha aparece em chave irônica.
A figura do uruguaio no romance coloca em xeque a posição da testemunha, evidenciando que, por essa, via não se vai a lugar nenhum, pois chegar ao uruguaio significa estar diante de uma parede branca, ou melhor, de um quadro negro. Ser testemunha significa então convidar os outros a falarem, mas só se torna
testemunha total quando se é falado pelos outros, pois só é possível tornar-se testemunha na fala dos outros.
A proposta de Villoro é que o intelectual marque seu lugar de enunciação, como se observa nesse trecho de uma entrevista cedida a Leonardo Tarifeño (2008). Nela, Villoro se aproxima de uma interrogação que circunda o romance, pois, de todos os personagens destacados, desde o protagonista aos seus amigos da antiga oficina literária, pode-se interrogar: quem pode ser a testemunha absoluta?
El "testigo absoluto", como dice Giorgio Agamben, es el que vive la experiencia hasta el final. En muchos casos queda destruido por lo que sucedió. […] ¿Hasta dónde podemos acercarnos a los hechos?